NEC PLVS ULTRA - Basta ya

Sin dudas, la entrevista otorgada por el papa a La Civiltà Cattolica [aquí] no es magisterio; sin embargo, su difusión e interpretación según las actuales estrategias de los medios de información –cuyos estribillos diarios son proporcionados por un unánime coro progresista– divulga un corpus que puede desorientar y desviar tanto a los creyentes como a los que no creen. También existe el riesgo de que lo que de momento es sólo un corpus se pueda convertir en algo mucho más serio y definitivo.
No vamos a tolerar más que se siga diluyendo el sensus fidei católico; no vamos a tolerar más que se lo sustituya con tantas aproximaciones, omisiones, enseñanzas truncas y faltas de argumentaciones definitorias que pretenden encasillar la realidad eclesial en categorías maniqueas, conforme a lo que le gusta o no al nuevo papa.

Nos enfocamos en esta afirmación:
«El Vaticano II ha releído el Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Ha creado un movimiento de renovación que brota sencillamente del mismo Evangelio. Sus frutos son numerosos. Baste recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica ha sido un servicio para el pueblo realizado releyendo el Evangelio desde situaciones históricas concretas. Es cierto, hay líneas hermenéuticas de continuidad y discontinuidad, sin embargo una cosa está clara: las dinámicas de lectura del Evangelio actualizadas al momento presente que el Concilio ha introducido son irreversibles. Luego hay también cuestiones particulares como por ejemplo la liturgia según el Vetus Ordo. Creo que la decisión del Papa Benedicto ha sido prudente, teniendo la intención de ayudar a personas que tienen esa sensibilidad particular. Por otro lado me preocupa el riesgo de que el Vetus Ordo sea ideologizado e instrumentalizado».
La forma de expresarse de este papa recuerda el indulto de Juan Pablo II. Sin embargo, la Carta Apostólica de su predecesor, bajo forma de motu proprio: el Summorum Pontificum [aqui] del 7 de julio 2007, es una regla universal que sanciona el derecho de los sacerdotes y los feligreses a adherir a la Tradición litúrgica del Rito Romano Antiquior. Ni una medida de naturaleza particular ni –con más razón– una entrevista pueden borrar una regla universal. Sin embargo, resulta que hoy, por medio de la imposición de una praxis falta de teorías y explicaciones eficaces, es posible esto y mucho más.
En primer lugar, hubiésemos preferido saber que la cultura contemporánea ha sido leída a la luz del Evangelio en lugar de lo contrario. En segundo lugar, el resto del discurso sigue ignorando que la crisis de la fe está vinculada con la crisis de la Liturgia: lo había dicho y escrito ya el entonces Cardenal Ratzinger, que no ha dejado de recordarlo como papa; sin embargo, Bergoglio opina que la Iglesia no ha gozado nunca de tanta salud como ahora, cuando, «al releerse el Evangelio desde una situación histórica concreta, la Reforma litúrgica ha garantizado el servicio al pueblo». Si se relee el Evangelio a la luz de una situación histórica concreta, quiere decir que la situación histórica ha cambiado el Evangelio: ¿será que –junto con él– también ha evolucionado el misterio Pascual?
Con esas palabras acerca del “Vetus Ordo”, el papa parece relegar nuestra Santa Misa al museo: ahora nos corresponde a nosotros resistir.
Un papa no puede hacer lo que le da la gana; su autoridad se enfrenta no sólo a los límites que atañen a la constitución esencial de la Iglesia, a la ley de Dios y al derecho natural, sino también con los límites dogmáticos que le vinculan a la revelación y le exigen dar un testimonio codificado por la autoridad de los papas anteriores: ésta es el único testimonio de sí misma que la Iglesia puede dar con autoridad. De no ser así, caeríamos en el arbitrio que desemboca en la anomia: ambos elementos son incompatibles con la divina constitución de la Iglesia.
El hecho es que ahora ya este principio –que ha permitido que nuestra Fe nos fuera entregada intacta después de dos milenios de historia– ha sido repudiado no de iure sino de facto. Si ya no existe ninguna regla objetiva y estable, válida para todos y para siempre, todo terminará dependiendo del antojo del que manda en un momento dado, lo que no se puede aceptar, puesto que se estaría obedeciendo a un principio tiránico y arbitrario.
La Santa y Divina Liturgia en el Rito romano usus antiquior debe ser custodiada y recordada a esta generación y a las futuras como semilla de la fundada esperanza de devolver a la consciencia eclesial la integridad, la armonía y la dignidad. Ella no tiene que ver solamente con «algunas personas que tienen esa sensibilidad particular», porque no procede ni de 'gustos' personales ni de difusos sentimientos nostálgicos, sino que –amén de ser una exigencia espiritual reconocida como derecho a numerosas comunidades de sacerdotes y feligreses de todo el mundo– representa el aspecto más íntegro del ius divinum al culto, función primaria de la Iglesia.
 
El dato fundamental es la reafirmación del principio según el cual la Santa Misa es, en su sustancia, un Sacrificio idéntico al del Calvario –aunque de forma incruenta–, trasladado en todos los puntos del tiempo y el espacio, idéntico a él en la causa y la intención:
  1. eficiente: Jesucristo único Salvador;
  2. material: al mismo tiempo único sacerdote y única víctima de valor infinito. Sin querer rebajar el sacerdocio de los fieles, pero sin confundirlo con el ordinario;
  3. formal: por medio de una única acción sacrificial y la inmolación de la única víctima que, al cumplir el sacrificio y en virtud de él, nos envuelve en la Oferta de sí mismo la comunión con Su Cuerpo ahora glorioso y que sigue edificando, santificando y nutriendo a la Iglesia hasta el fin de los tiempos.
  4. final: a mayor gloria de Dios y para la salvación del síngulo creyente y del entero género humano.
Sin olvidar:
  1. el papel que la Santa Virgen tiene en cada una de estas causas, que constituye el fundamento teológico de la corredención mariana, realizada en la época de su vida terrenal y cumplida con su Asunción al Cielo.
  2. Con intacta referencia a la Comunión de los Santos y a los Coros Angélicos que constituyen la Iglesia Triunfante, indisolublemente coexistente con el Misterio de la Iglesia Una, Santa, Católica Apostólica, junto con la Purgante y Militante.
  3. Que el Papa San Pío V, como sanción definitiva de la Quo primum tempore, con el Missale Romanum de 1579 sólo ha efectuado una mínima revisión del Missale curiale anterior. Él quiso de esta forma poner orden en la confusión y la incertidumbre que reinaban entonces acerca de los ritos, poniéndose como objetivo –y alcanzándolo– la unificación y la aclaración doctrinal sobre todo lo que, en algunos ámbitos de la cristiandad, se había vuelto espurio y dudoso.
  4. La misma uniformidad que se halla en el ámbito litúrgico en las comunidades cristianas de los primeros dos siglos presupone un principio de autoridad, un método de acción, eso es una organización primordial que se remonta necesariamente –más bien que a los Apóstoles– al mismo Jesucristo, a partir de esa Última Cena que nos ha introducido en el nuevo horizonte de la Historia, en la nueva Creación que el Rito manifiesta, reproduce e introduce en el hic et nunc de toda época: «Estaré con vosotros todos los días...» «Haced esto en memoria de mí...», hasta que el Señor volverá en la gloria.
  5. La acción teándrica del Señor, que se cumple en el rito y desde la cual brota y se refuerzan las virtudes teologales y toda forma de misionariedad: lo que se traduce en elecciones de vida coherentes.
Para tener las ideas claras sobre lo que está pasando y las maneras en que podemos influir en la realidad contemporánea hay que ser conscientes de que la liturgia necesita ser acompañada por la pastoral. Es un pan que los pastores y los testigos tienen que partir. Para garantizar y nutrir la participación de los fieles es indispensable una seria iniciación a lo que sucede en el misterio: algo de orden sobrenatural que necesitamos para alcanzar y devolver la plenitud a nuestra humanidad herida. La inmersión en el misterio y la adoración, requeridas por esta participación, generan un verdadero conocimiento, una comprensión y participación siempre mayores y más profundas. El Rito contiene ya en sí mismo su vis transformadora: sólo se necesita enseñar sabiamente a los fieles a vivirlo. La transformación sucesiva de la persona, de la comunidad y de la historia que ellos escriben con su propia vida será opera paulatina del Espíritu del Señor, por medio de la frecuentación y la fidelidad.
 
La Liturgia siempre está vinculada a las únicas dos fuentes que garantizan su autenticidad: la continuidad de la sagrada Tradición y su transmisión oficial de parte del magisterio eclesiástico. No es una casualidad el que la Tradición pierda su vitalidad cuando se la arranca de las manos de los que, por divina disposición, la controlan, la custodian y tienen la tarea de seguir transmitiéndola, eso es, el magisterio eclesiástico, nunca separado del sensus fidei de los creyentes. Desde luego no se nos puede excluir de la infallibilitas in credendo del conjunto del pueblo en camino. La revisión de los miedos, las resistencias y los prejuicios aportará mucha serenidad al Pueblo de Dios y logrará la verdadera unidad de los católicos. Reivindicamos nuestra pertenencia a la Iglesia, Una, Santa, Católica y –pues sí– también Romana.
No queremos que sean precisamente los encargados de controlar, custodiar y transmitir la Tradición quienes sofocan las instancias de los fieles que viven el rito antiquior, «nunca abrogado», con fidelidad y ejemplar actuosa participatio.

¿Se trata de superestructuras para derribar o de pilares que se deben mantener sólidos?
Una última aclaración. Ser fieles a la Tradición no quiere decir estar cerrados a las novedades o quedarse anclados a la Iglesia preconciliar. No existe una Iglesia preconciliar o posconciliar: existe la Iglesia sin más. Ella es el cuerpo místico de Jesucristo y por tanto también Pueblo de Dios en camino. Nosotros no rechazamos el Concilio. Simplemente, no lo consideramos un nuevo superdogma y nos limitamos a poner en discusión algunos de sus puntos controvertidos. Nos gustaría poder instaurar un diálogo fructífero con nuestros pastores, que parecen aborrecer el «olor de las ovejas» que aman la Tradición, aunque ellas no tienen ni cerrazones ni deformaciones ideológicas. ¿Queremos, pues, hablar de ello? Nosotros no pertenecemos a otro rebaño y tampoco formamos parte de algún lobby: ¡eso no tiene nada que ver con nosotros! «La Tradición no implica la nostalgia del pasado, sino la fidelidad en el presente»: esta frase que se aplica también a nosotros, que no somos nostálgicos y tampoco unos estetas exhibicionistas. Simplemente, no renegamos los fundamentos del pasado.
 
Rechazamos con indignación y vigor cualquier acusación dictada por la ignorancia o por innobles falsedades, de cualquier parte proceda. Me refiero también a los repetidos ataques de parte de la prensa de régimen, que ha instaurado una insostenible pastoral mediática, que pone en las fauces de lobos nuestras cosas más sagradas y permite a los cerdos de pisar nuestras perlas más valiosas. Desde luego, no me refiero a la moral (o, peor, al moralismo), porque la Iglesia, al anunciar el Evangelio de Jesucristo, no predica una moral: el cristianismo no es una moral sino que posee una moral que desciende de la verdad de la que ella es testigo y sacramento.

NEC PLUS ULTRA: ¡basta ya con la pastoral del desprecio!
23.09.2013

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