SUNT NOMINA RERUM (Cada cosa tiene su nombre)
Definiciones exactas en la expresión de la fe
que nos acompaña desde hace dos milenios
 
Quiero llamar la atención sobre dos afirmaciones de papa Bergoglio que atañen al núcleo de nuestra Fe: la Encarnación y la Redención. Empezaré por la primera, que se encuentra en la famosa entrevista a Scalfari [aqui], para luego proceder con el examen de otros peculiares aspectos de la Encarnación contenidos en reiteradas catequesis y discursos.
« ... El Hijo de Dios se ha encarnado para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la hermandad. Todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios. Abbá, como él llamaba al Padre. Yo os señalo la vía, dijo. Seguidme a mí y encontraréis al Padre y seréis todos sus hijos y él se complacerá de vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros para con los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente la única forma que Jesús nos ha señalado para encontrar el camino de la salvación y de las Bienaventuranzas ».
 Cristo no « se ha encarnado para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la hermandad », sino para redimirlos –desde la Cruz– de la esclavitud del pecado original, re-generándoles en la Resurrección, la única razón que hace posible toda auténtica hermandad, ¡que no es la de cuño humanitario que emerge en estos discursos! Tampoco puede « el amor de cada uno de nosotros para con los demás » ser el camino de la salvación, aunque se le llame « ágape señalado por Jesús » porque, si antes no nos arraigamos a Él, que nos libera, cura y transforma, no podemos poseer ese ágape que nos vuelve hermanos en Cristo. El amor de cada uno de nosotros para con los demás no es el punto de partida sino el punto de arribo en Cristo; el auténtico camino sólo es en Él y con Él en Su Iglesia.
 Además, no es cierto que seamos todos hijos de Dios: somos todos criaturas. El Hijo es Uno solo y no ha sido creado sino generado antes de todos los siglos, y se ha hecho hombre en el seno virginal de María, como Jesús de Nazaret, no en toda la humanidad, aunque ha asumido la naturaleza humana para redimirnos, lo que hace que la hermandad (y mucho más) sea posible. Nuestro Señor Jesucristo no se ha encarnado para « infundirnos un sentimiento de hermandad »: Él no nos transmite un sentimiento sino que cambia nuestra naturaleza, la transforma con su gracia que recibimos en los sacramentos, lo que nos vuelve capaces de experimentar ese mismo sentimiento y comportarnos en conformidad con él. Pues Jesucristo es el Verbo –la Segunda Persona de la Santísima Trinidad– generado, no creado, de la misma sustancia (consustancial) del Padre, que se ha hecho hombre en Jesús, no en todos los hombres.
Por tanto nosotros somos hijos sólo en el Hijo y sólo si Le acogemos. Los hombres, pues, criaturas que no dejan de haber sido formadas a imagen y semejanza de Dios, se convierten en hijos –recibiendo la condición de hijos de Dios por adopción, eso es que su naturaleza humana es incorporada y transformada pero no sustituida– sólo si acogen al Señor Jesucristo. Nos lo enseña el Prólogo de Juan, 12-13: « Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios ». No creados, pues, sino inseridos en la generación eterna del Hijo –el predilecto, Aquel en que el Padre se complace porque reconoce en Él su Verdadera imagen–, al haber sido 'configurados' a Él.
 Los « Suyos », eso es, nosotros los cristianos, nos convertimos en hijos por adopción –no por naturaleza– y recibimos la gracia de configurarnos (nuestra naturaleza no es sustituida sino transformada) siempre más a Él, en el sentido paulino del término (2 Cor 3, 18). Se trata de lo que los Padres llamaban Theosis, por efecto de la gracia que la vida de fe y la fidelidad nos proporcionan a través de la oración y el munus sanctificandi de la Iglesia. Es precisamente esta distinción entre adopción-participación en Cristo y naturaleza lo que permite entender la diferencia. Me parece que, al no especificarla, se engendra confusión entre lo natural y lo sobrenatural.
Todos los hombres comparten la condición de criaturas y el ser imagen del Creador, pero la connaturalidad, que es configuración al Hijo Unigénito Jesucristo, se recibe en y por la Iglesia.
Pero eso no permite aseverar que Cristo se ha encarnado para todos o que ha salvado a TODOS: la salvación no es un hecho automático, hay que acogerla. Y es precisamente la función de la Iglesia –confiada a ella por Su Señor– la de anunciar y proporcionar dicha salvación: si no lo hiciera, ¿qué sentido tendría su existencia? 
 
 La segunda afirmación controvertida ha sido pronunciada en Asís [aqui], en el discurso a los niños discapacitados. Claro está, se trata de un discurso estremecedor, humano y cautivador; sin embargo tengamos cuidado:
« … Mi hermano Domenico me dijo que aquí se hace la Adoración. Ese pan también necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y se esconde detrás de la sencillez y la mansedumbre del pan. Y aquí está Jesucristo escondido en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos a la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús escondido en la Eucaristía y Jesús escondido en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Quizá no tanto en los periódicos, como noticias: a éstas se las escucha uno, dos, tres días, luego se publica otra, y otra... Deben ser escuchadas por los que se definen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy todos nosotros, aquí, necesitamos decir: “¡Estas llagas deben ser escuchadas!”. Pero hay otra cosa también que nos infunde esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas ».
 A propósito del tema recurrente y repetido obsesivamente de los « pobres », podemos conceder que es legítimo condenar una fe desencarnada (Santiago), pero no podemos ignorar el sentido de la « pobreza evangélica », la de los « pobres en espíritu », que son los que reconocen necesitar ayuda y la piden (a Dios). Además, expresiones como « Los pobres son el Evangelio » o « Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús », ponen en el mismo plano la Presencia del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Señor en el sacramento con la –en este caso– de los discapacitados. Esta operación sacraliza de manera impropia la « carne » de los hombres que sufren. Eso puede funcionar como eslogan (o ni siquiera para eso), pero las palabras del Papa deberían poseer un valor teológico claro e inequívoco.
La « carne de los pobres » es la de Cristo por « analogía », mientras que en la Eucaristía tenemos el Señor Vivo y Verdadero...
 
 Es verdad que Jesús ha afirmado « todo lo que hayáis hecho al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho » (Mt 25,40). Jesús dice que cuando damos de comer a los hambrientos, vestimos a los desnudos, visitamos a los presos, lo hacemos a Él. Esto es lo que anima a quienes operan en la caridad, es lo que ellos experimentan porque viven su fe de forma siempre más madura y plena. Esto es lo que urge en el corazón y la consciencia del Papa tanto como hombre como pastor supremo. Sin embargo, también es lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado, pero no en referencia exclusiva a la pobreza material. Hay que evitar el peligro de caer en el antropocentrismo y en la idolatría del pauperismo. El que lo que hagamos al pobre lo hacemos a Cristo no significa que el pobre sea Cristo; el que el Evangelio nos enseñe la pobreza y a amar a los pobres no significa que la buena nueva consista en el mismo pobre o en la pobreza. Sobre todo, no se puede confundir o equiparar el amor y el cuidado que se le deben al pobre –y que, al ser brindados al pobre, son brindados al mismo Cristo– con la adoración de Cristo y del sacramento de la Eucaristía. Si lo hacemos, olvidamos que el cuidado de los « pobres » de todo tipo nace sólo de la fe viva, generada y nutrida por la participación al Santo Sacrificio, por la vida sacramental, la adoración y todo lo que el Señor opera en ella. Es un donarse, como lo ha hecho Jesucristo, no es un genérico humanitarismo.
Vamos a retomar el tema de la Encarnación. No podemos aceptar la afirmación según la cual « estas personas y sus llagas son la Carne de Jesús ». La Encarnación se realiza en un solo hombre que también es Dios, eso es en la persona de Jesús.
 
 No corramos el riesgo de pensar que Jesucristo se ha encarnado en la humanidad: el documento conciliar (Gaudium et Spes, 22) declara que Jesús, por medio de la Encarnación, se ha unido « de cierta forma » con todos los hombres. Pero no nos dejemos engañar porque, si es verdad que el Verbo ha asumido la naturaleza del hombre Jesús, que coincide con la naturaleza humana, también es verdad que dicha naturaleza no es la de todos los hombres, sino la del hombre Jesús de Nazaret. Es en Su Persona divina y al adherir a ella que nosotros recibimos la salvación y la adopción a hijos. Pues la Encarnación atañe al Hombre-Jesús y envuelve a los hombres con tal de que ellos Le acojan y crean en Su Nombre, porque es « a los que le acogen y creen en su Nombre [que] les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios », como he recordado arriba (Prólogo de Juán, 12-13).
 
 De lo contrario, que sentido tendría la Iglesia, el hecho de que ella sea el cuerpo místico de Cristo –además que Pueblo de Dios en camino– y su portadora hasta el fin de los tiempos? ¿Y qué va a ser de los dos mil años de Magisterio, y sobre todo de lo que el Evangelio dice?
¿Podemos tal vez excluir lo que los Concilios de Éfeso y de Calcedonia han establecido? Eso es, la asunción de la sustancia humana individua y perfecta de Jesús de Nazaret de parte del Verbo, además de la unión y la distinción de las dos naturalezas. Por eso no podemos hacer brotar de ese « de cierta forma » la siguiente conclusión: « no todos llamados a ser presentes en el Verbo encarnado como nuestra Fe siempre nos ha propuesto, sino el Verbo presente en todos, al haberse encarnado él en todos, aunque en de una forma indefinible ». Un auténtico viraje.
Por la afirmación de GS 22 avalada por estas recientes afirmaciones se debería deducir que el Verbo, consustancial al Padre según la divinidad, ¡se habría unido a la naturaleza pecaminosa de cada hombre! Y ¿qué pasa con el dogma de la Inmaculada Concepción? ¿Y con el del pecado original? Pues esta afirmación lleva a deducir que la “encarnación en cada hombre” tiene un significado ontológico, consituyendo entonces una auténtica, perenne huella divina en la naturaleza de cada hombre. No se dice explícitamente, pero es a esto que nos lleva, con una ambigüedad –o, mejor dicho, con una auténtica variación– que echa en la confusión la doctrina ortodoxa de la Encarnación, volviéndola incierta y divinizando al hombre.
Además, también CCC, 467 afirma:
«... Un solo y mismo Cristo, Señor, Hijo unigénito, que nosotros debemos reconocer en dos naturalezas, sin confusión, sin mutación, sin división, sin separación. La diferencia entre las naturalezas no es negada por su unión, sino que las propiedades de cada una de ella son salvaguardadas y reunidas en una sola persona y en una sola hipóstasis ».
Deseamos oírnos decir lo que la Iglesia y el solio de San Pedro siempre han enseñado, ni por teléfono ni desde Santa Marta y tampoco por los los diarios y las entrevista a laicos más o menos devotos.
Maria Guarini
8.10.2013
[Traduzione a cura di Chiesa e post-concilio]

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