Etiam si omnes, ego non - (Hasta si todos... yo no)

(1Pt 5, 8-9) cui resistite fortes in fide:
scientes eamdem passionem ei quae in mundo est vestrae fraternitati fieri
Resístanlo firmes en la fe,
sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo padecen los mismos sufrimientos que ustedes. 

Contesto a un lector acerca de una cuestión muy debatida en varias arenas –no sólo mediáticas– y aprovecho la ocasión para hacer un balance de la situación.
Escribe “Quesito”, 20 de octubre, h. 22:33
Mic, he leído a alguien que aseveraba que, hace siglos, nadie sabía lo que decía el Papa, no se conocía siquiera su propio aspecto. La fuente de su fe era la tradición que habían recibido, eso es, sustancialmente, la Revelación.
No es justo hacer de Francisco la causa de la ruina de la Iglesia, que viene de muy lejos.
En lugar de discutir siempre sobre lo que dice el Papa, como si él fuera la causa de la ruina definitiva de la Iglesia, ¿por qué no se puede uno preocupar de vivir como buen católico?
El hecho de que, en otras épocas, la figura del Papa no fuera tan popular y directamente influyente sobre los fieles se debe evidentemente a la ausencia de las modernas tecnologías, que permiten que los sucesos y las informaciones sobre ellos se difundan y estén disponibles en tiempo real. Las formas de comunicación, los tiempos y ritmos de vida diferentes tienen sus efectos.

Las tecnologías generan una inmediatez de impacto y reacción que antes no existía, perjudicando sin embargo la asimilación y la profundización: por eso hoy hace falta huir la superficialidad, la banalización y la aproximación que imperan  tomarse tiempo para reflexionar, adorar y dedicarse a un amoroso estudio, para que haya precisamente asimilación. Eso es lo que destaca al creyente y lo fortalece en su arraigo cada día más fuerte. Existen también la confrontación y el compartir, que pueden implicar también la expresión de críticas, quizá incomodas y a menudo sufridas. La legitimidad de estas críticas estriba antes que nada en el hecho de no ser dirigidas a pronunciaciones magistrales y, en segundo lugar, en el que tocan cuestiones básicas para la custodia de la fe examinadas a la luz del Magisterio perenne (que –se recuerde una vez por todas– no es sólo el pre-conciliar, aunque hay que juzgar cum grano salis el que es sucesivo al Concilio).

En los tiempos pasados había otra clase de problemas, crisis de otro tipo, sin embargo los principios y las verdades –transmitidos con fidelidad por los que cuidaban las almas guiándolas, enseñando y a través de los sacramentos que completan la obra de la gracia– forjaban también una estructura social portante, no desgastada como la de hoy. El asunto es complejo y este medio no permite profundizaciones de una cierta envergadura.

Me limito por tanto a decir que siempre ha habido herejías, que también las actuales vienen de lejos y que el fenómeno puede ser enfrentado quedando anclados en la fe para reconocerlas y rechazarlas.

El problema es que en las últimas décadas ya no se nos incentiva a llamar los errores con su nombre y defendernos de ellos.

Hoy día está en vigor una tendencia a incorporar toda diferencia que está convirtiendo a la Iglesia en una realidad en continua transformación, cuya expresión ya no representa la distinción y la riqueza de los dones del Espíritu, sino un conjunto heterogéneo unificado por el pegamento del “diálogo”, un diálogo sin fronteras que envuelve a todos: las confesiones reformadas, los ateos, las demás religiones, pero que paradójicamente rechaza e incluso –lo que es más grave– desprecia la Tradición. Quiero recordar que el Señor enseñaba con autoridad, no dialogaba. Lo que enseñaba – y su Espíritu en la Iglesia todavía nos recuerda quaecumque dixero vobis – deja su marca y transforma a las personas.

Si el diálogo es la expresión de una comunicación madura, no autorreferencial, que supone un conocimiento suficiente de lo de que se está hablando, apertura mental, honestidad intelectual, capacidad de ponerse en discusión, búsqueda asidua, ello no implica necesariamente la ósmosis y la homogeneización de los respectivos principios, sobre todo cuando se trata de confesiones religiosas. Y luego, ¿cuál es esa verdad que los cristianos deberían “buscar junto” a los demás dialogando, si es que se les ha entregado la Verdad para que la custodien y si es que ella se les ofrece continuamente en la Eucaristía? Por esta razón, las distintas culturas pueden –y deben– dialogar para tejer una convivencia civil; pero no las fes, a no ser que ellas pierdan sus fundamentos que hacen de ellas, precisamente, fes y no simples costumbres religiosas.

En este avispero, no contestamos al Papa o a Bergoglio, sino que observamos con preocupación su 'representación' del papado que parece disolver su Autoridad junto con los dogmas que se rechazan.

Sustancialmente, nos limitamos a reivindicar que él utilice esta Autoridad suya para custodiar y construir; nos alarma su desistencia que se convierte en un autoritarismo incapaz de componer e integrar las diferencias que constituyen riquezas y sin embargo asimila todo lo que no contradice su visión prefabricada: ¡y a eso le llaman “libertad en el Espíritu”!

Nosotros hemos ya comparado con el Magisterio (no con nuestras opiniones) el conjunto de acciones y palabras –aunque no oficiales– producidos hasta ahora, extrayendo unos puntos ineludibles. Paradójicamente, ese conjunto parece no perjudicar la doctrina –el substrato imprescindible para seguir en el recto camino–: de iure, parecen no afectarla porque no se emiten nuevas leyes (salvo en el caso de los Franciscanos de la Inmaculada...); y sin embargo, de facto la superan y reniegan a través de afirmaciones que adquieren un peso cuando pasan a ser de dominio público, rechazando toda argumentación a contrario. Se trata por tanto de una praxis sin teoría, sin explicaciones o con explicaciones sumarias, aproximadas, susceptibles de interpretaciones diversas, con inevitables consecuencias que empujan hacia una revolución copernicana que no es una renovación deseable, sino una auténtica ruptura que corta las raíces.

No menciono ejemplos concretos porque ya he presentado muchos en varias ocasiones y ya los he argumentado seriamente y respetuosamente –aunque firmemente– en las páginas anteriores.

Los que han logrado recortarse un espacio en el mundo, al “tener familia” –o, a lo mejor, tan sólo un “ego” desmedido–, han decidido no meterse en líos. Ya no se trata siquiera de una lucha, me parece una auténtica riña, en medio de la confusión más absurda: la nueva Babel de los idiomas  los lenguajes que ya no logran comunicar y comunicarse porque han perdido en único pegamento y la única razón de ser: el Logos.

A tal punto que hasta el mismo Socci, que ha sido siempre muy acorde con la “línea oficial”, en un ímpetu de razonabilidad ha llegado a juzgar alarmado la crítica de Stefania Falasca en Avvenire, que –en un exceso de celo revolucionario– ha hecho de bocina para una de las invectivas más violentas que hayan salido de la boca del pontífice: la que ha pronunciado contra los “rígidos éticos”, a los que ha despectivamente tildado de “especialistas del Logos”.

Reflexionemos sobre las implicaciones de lo que asevera Magister sobre Falasca que interpreta a Bergoglio:
« ...Para Falasca, el uso de esas fórmulas de parte del Papa, “en términos literarios se llama pastiche, que es precisamente el acercamiento de palabras de distinto nivel y distinto registro con efectos expresivos. El estilo pastiche es hoy un rasgo típico de la comunicaciones en la red y del lenguaje posmoderno. Se trata por tanto de asociaciones lingüísticas sin precedentes en la historia del magisterio petrino” ».
No es posible afirmar, en un documento como la Lumen Fidei (24) –que sí es magisterial– lo siguiente:
« ...el hombre necesita conocimiento, necesita la verdad, porque sin ella no subsiste, no progresa. La fe, sin verdad, no salva, no vuelve seguros nuestros pasos. Permanece una fábula bonita, la proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos hace felices sólo en la medida en que queremos engañarnos. O bien se reduce a un bonito sentimiento, que consuela y da calor, pero se queda sujeto a nuestros cambios de humor, a la variabilidad de los tiempos, incapaz de sostener un camino constante en la vida ».
Y luego hablar y actuar de forma exactamente contraria.
Por lo que a mí se refiere, siempre me planteo la idea de que cada afirmación del Papa tiene que ver tanto conmigo como con todos, no necesariamente los tradicionalistas o la propria Tradición y los que la aman, la defienden y la viven de forma no ideológica. Por lo general, esas declaraciones, aunque son expresadas con un dualismo demasiado tranchant y sin connotaciones más exactas y profundizadas, destacan riesgos reales en los que todos podemos caer –sin excepciones–, ni siquiera los aburguesados que nos quieren escatimar. Sin embargo, en este caso algunas fuentes confirman el temor de que los rayos de Bergoglio, reforzados además por los anatemas lanzados en su nombre (Falasca y Avvenire docent, junto a la muchedumbre creciente de varios silenciadores y “normalistas”), tengan que ver precisamente con la Tradición y tengan sus precedentes en el pasado argentino del pontífice. Habría muchas cosas para añadir, pero me abstengo voluntariamente para no incurrir en posibles reacciones, acusaciones y presiones de vario tipo por las que suelo ser investida tanto privada como públicamente, porque no es éste el núcleo de cuestiones más grandes que yo y que todos nosotros y no es eso lo que me interesa.

De todos modos, precisamente sobre el tema Tradición y desprecio quiero recordar lo que he expresado aquí y, sobre cuestiones fundamentales y no eludibles, aquí.

¿Qué decir entonces? El asunto no termina aquí, por cierto. Ya veremos la ulterior evolución de las cosas. Yo quedaré en la trinchera hasta que el Señor lo querrá.

Un visitador del blog ha tenido la ligereza de evocar la imagen de una “fortaleza” parecida a la del último japonés que todavía combatía cuando la guerra ya se había acabado. Como le considero una persona inteligente además que creyente, me pregunto cómo sea posible que no se entere de que todavía estamos en guerra, pero no contra alguien, menos aún contra el Papa o Bergoglio, sino contra ideas y praxis –llamémoslas así– anómalas. Desde luego, no lanzamos anatemas –lo he dicho más de una vez: no nos corresponde a nosotros hacerlo– y tampoco quejas, porque nadie nos puede quitar la alegría de la Resurrección ni podemos buscarla aquí o en compromisos diversos a los que nos quisieran relegar, porque se trata de una alegría y una Belleza que habita dentro de nosotros y nos precede y nos acompaña siempre. Sé que puedo hablar no sólo a mi nombre, porque comparto estas ideas con muchos de ustedes. Y no me gusta y rechazo el término –cuñado para nosotros– de 'secuaces', que aquí rehúso, porque tenemos mucho cuidado en no arrastrar a nadie, sino simplemente « non enim possumus quae vidimus et audivimus non loqui » (At 4,20). La única razón de nuestra presencia –que no busca ni se preocupa de la audiencia– es la de darle voz a la Tradición silenciada. Junto a las reflexiones proponemos también temas de profundización. Luego, cada cual es y queda libre de pensar lo que quiera y comportarse en conformidad con ello. Y si expresamos disentimientos o temores, lo hacemos desde la confianza y la serenidad de las promesas del Señor.

Siempre adelante, y ya veremos. Si alguien logrará callarme –o callarnos– seguiremos gritando desde nuestros corazones. Sabemos que hay Alguien que nos escucha. Todo está en Sus manos.  (22.10.2013)

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