Reincidencia de la sinodalidad: los “Lineamenta” para 2015

Premisa

Observamos que “el espíritu del concilio” en sus aspectos más revolucionarios y la semántica de la inclusión –los efectos dañinos y terribles de una afirmación principal exacta seguida por un “pero también”– van a ser trasladados sin más al Sínodo.
En el blog ya hemos hablado ampliamente del Sinodo conciliarista [in italiano: leer aquí - aquí].
De momento me limito a escribir rápidamente unas cuantas reflexiones esenciales justo después de la publicación del documento “Lineamenta” para la XIV Asamblea General Ordinaria: La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo (4-25 de octubre 2015), del 9 de diciembre 2014, que tengo aquí delante de mí.

Los puntos que ni siquiera debían entrar en el debate

Si me detengo en estos puntos ahora es porque las cuestiones que ellos plantean –y que además ni siquiera se debería debatir– no habían sido aceptadas; sin embargo, al ser mantenidas como sea –por voluntad del Papa– en el texto que se ha publicado, ellas han sido introducidas de nuevo en el circuito de la discusión, en los términos que se indican en la premisa. Además, el cuestionario parece redactado de una forma que pueda orientar las respuestas, dando por sentadas premisas claramente manipuladas por la mens que está manejando el juego.

Ahí vamos otra vez. Se vuelve a abrir el circo y el molinete de sofismos y nonsenses sigue con obstinada protervia. Si se empleara el mismo enérgico empeño para combatir los errores y reafirmar las verdades perennes, no nos encontraríamos en esta crisis absurda, al borde de un abismo que involucra a toda la humanidad. Hemos llegado a este punto por causa de la ocultación y la negación de la universalidad de la salvación para la cual el Señor ha venido. En lugar de enfocarse en su Centro y  Fundamento, la Iglesia, a la que el Señor ha confiado la transmisión de Su salvación, sale de sí misma en el sentido degradado del término, agarrándose a unos semina Verbi –a los que se hace referencia engañosa y sofísticamente y se utiliza impropiamente–, no importa si en conformidad con lo que dicta el concilio o no. Y eso que el concilio no es el Evangelio y la Nostra Aetate [aquí] (que se cita entre las fuentes) es un documento de secundaria importancia: se trata de una Declaración, o sea un documento de cuarto y último nivel entre los indicados por Monseñor Gherardini [aquí]1: el nivel de las innovaciones, que no puede alardear validez infalible e irreformable y por tanto permite el disentimiento según la fe y la razón. Se quiere elevar, pues, una simple Declaración a principio fundamental de la nueva eclesiología basada en el arbitrio de los nuevos bárbaros purpurados, utilizando la praxis para ignorar la doctrina. Sin embargo, la doctrina y la disciplina son las condiciones para el verdadero encuentro con Cristo. Además, la pastoral se fundamenta  en la doctrina, y por tanto la praxis presupone la recta doctrina. La inversión de este orden tiene como consecuencia inmediata el desarrollo de una nueva doctrina a partir de una nueva realidad pastoral.

Cabe preguntarse, en el punto 22 mencionado abajo: ¿a qué viene la apreciación del matrimonio natural de parte de la Iglesia? Matrimonio natural, al que más abajo se le define “realidad matrimonial y familiar de muchas culturas y personas no cristianas”. Pero ¿a qué viene eso? ¿Acaso ellas tienen algo para enseñar a los que deben únicamente acoger y transmitir el cumplimiento de la salvación –que la Iglesia custodia (o custodiaba) ya desde hace dos milenios– operado y entregado por el Señor y por los Apóstoles y que Él sigue realizando pese a nuestras infidelidades? La misma creación, que fue pensada con vistas a Él (se percibe aquí el eco de Gaudium et Spes, 12; 24 aquí), espera la revelación de los hijos de Dios, así como todos los pueblos que, para ser salvados, deben conocerLe y acogerLe.

El hecho de que se pueda y se deba entablar un diálogo entre diferentes culturas por razones políticas o de convivencia civil no involucra la esfera de la fe y las enseñanzas morales que brotan de ella (y no de otras fuentes, que son “manantiales turbios y cisternas contaminadas”, para utilizar un lenguaje bíblico. Cito desde los Lineamenta:
La indisolubilidad del matrimonio y el gozo de vivir juntos
21. El don recíproco constitutivo del matrimonio sacramental arraiga en la gracia del bautismo, que establece la alianza fundamental de toda persona con Cristo en la Iglesia. En la acogida mutua y con la gracia de Cristo los novios se prometen entrega total, fidelidad y apertura a la vida, y además reconocen como elementos constitutivos del matrimonio los dones que Dios les ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso, en su nombre y frente a la Iglesia. Ahora bien, la fe permite asumir los bienes del matrimonio como compromisos que se pueden sostener mejor mediante la ayuda de la gracia del sacramento. Dios consagra el amor de los esposos y confirma su indisolubilidad, ofreciéndoles la ayuda para vivir la fidelidad, la integración recíproca y la apertura a la vida. Por tanto, la mirada de la Iglesia se dirige a los esposos como al corazón de toda la familia, que a su vez dirige su mirada hacia Jesús.
22. En la misma perspectiva, haciendo nuestra la enseñanza del Apóstol según el cual todo fue creado por Cristo y para Cristo (cfr. Col 1,16), el Concilio Vaticano II quiso expresar su estima por el matrimonio natural y por los elementos válidos presentes en las otras religiones (cfr. Nostra Aetate, 2) y en las culturas, a pesar de sus límites e insuficiencias (cfr. Redemptoris Missio, 55). La presencia de los semina Verbi en las culturas (cfr. Ad Gentes, 11) también se podría aplicar, en ciertos aspectos, a la realidad matrimonial y familiar de numerosas culturas y de personas no cristianas. Por tanto, también hay elementos válidos en algunas formas fuera del matrimonio cristiano –siempre fundado en la relación estable y verdadera entre un hombre y una mujer–, que en cualquier caso consideramos orientadas a éste. Con la mirada puesta en la sabiduría humana de pueblos y culturas, la Iglesia reconoce también esta familia como la célula básica necesaria y fecunda de la convivencia humana.
¿La manipulación sigue en un Sínodo “amañado”2?

La pregunta 19 del cuestionario enviado en varios idiomas a las Conferencias Episcopales de todo el mundo, cuya finalidad –según el Cardenal Baldisseri– es “la profundización de todas las cuestiones enfrentadas durante el debate y sobre todo de las que necesitan ser debatidas de forma más escrupulosa”, se enlaza al n. 22 mencionado arriba:
El Concilio Vaticano II ha expresado la apreciación del matrimonio natural, renovando así una antigua tradición eclesial. ¿En qué medida las pastorales diocesanas saben reconocer también el valor fundamental para la cultura y la sociedad de esta sabiduría de los pueblos? (cfr. n. 22)
Se note el engaño todavía más explícito en el cuestionario. Lo delata la pregunta citada arriba, que da por sentados tanto la apreciación del matrimonio natural como el reconocimiento de la sabiduría de los pueblos; cabe verificar el “cómo”. ¿No sería mejor limitarse a reorientar a los cristianos desorientados y formar rectamente a los desviados?

La carencia esta en la formación, eso es en la enseñanza

En un reciente artículo en la Bussola quotidiana (Brújula cotidiana) [aquí] se ofrecen interesantes reflexiones sobre las expectativas laicas acerca de las aperturas promovidas y prometidas por la sesión sinodal (por lo menos por las propuestas más progresistas), expectativas y tendencias compartidas por un amplio número de católicos “abiertos al mundo”, cuyas consciencias y cuyos corazones adormecidos están acostumbrados de cierta forma a reconsiderar en sentido positivo y conforme al “eso es lo que hacen todos” una rectitud moral que siempre ha sido y siempre será difícil observar. Nadie recuerda que esto no es posible sin la gracia de Cristo transmitida por la acción santificadora de Su Iglesia, preparada y acompañada por una enseñanza que confiere sentido a los mandamientos divinos fundamentados en verdades imperecederas y los vuelve apetecibles. Éste es el punto. Es de esto que ya no se habla.

Por ejemplo, hay también muchos pastores que recuerdan que la indisolubilidad del matrimonio deriva del mandamiento del Señor en el Evangelio –correctamente mencionado en el n. 21, aunque con la acostumbrada semántica de la inclusión de los “pero también”– y sin embargo no llegan a compartir con los fieles las razones que hacen que ellos asimilen dicho mandamiento con la razón y el corazón, convirtiéndolo en vida concreta incluso cuando eso cuesta, y mucho.

La indisolubilidad se puede comprender y aceptar si se considera que ella está vinculada a una fidelidad cuyo manantial originario se encuentra en la fidelidad del Señor y Creador hacia Su criatura, a la que Él ha pensado, querido y ordenado en un diálogo continuo (éste es el único diálogo que cuenta) a través de una relación exclusiva. Esta relación pone al Señor en el primer lugar: de eso desciende la fecundidad de la fe, porque se trata de una relación que implica una unión íntima y profunda, fiel y exclusiva –eso es, una unión ‘nupcial’. Esto no se refiere sólo a las almas consagradas, que han elegido la parte mejor, sino a toda alma creyente, cada una de forma distinta según la situación. Se trata de una relación exclusiva con Dios, porque implica el rechazo de otros dioses, tales como se pueden considerar todas las concupiscencias de las que el mundo es un patrocinador constante y frente a las que la inclinación hacia el mal –residuo del pecado original– no nos deja ni sordos ni vacunados. No podemos sustraernos de ésta sino por medio de la Gracia y de las elecciones que ella nos permite hacer, por connaturalidad - que es configuración al Hijo Unigénito Jesucristo - más que por el sentido del deber, que sólo es un comienzo, no el fin.

La exclusividad tiene que ver antes que nada con la relación con Dios, que es la única que ensancha a desmedida el corazón, volviéndolo capaz de acoger la realidad del otro y donarse sin esperar nada a cambio: ésta es la vida verdadera, que sólo se puede vivir en el Señor dentro de Su Iglesia y que ninguna ONU de las religiones podrá volver jamás posible ni aceptable.

Se habla a menudo de cambio antropológico; algunos padres sinodales también lo sacan a colación:
n. 5 – El cambio antropológico-cultural influencia hoy todos los aspectos de la vida y requiere un acercamiento analítico y diversificado...
Éste parece ser el nuevo dato en que se fundamenta la nueva praxis. En realidad, no ha habido ningún cambio antropológico. La esencia del hombre, con sus necesidades y sus preguntas fundamentales, es siempre la misma. Lo que ha venido a faltar es una mirada metafísica sobre Dios y el hombre: esto es lo que nos impide afrontar el verdadero problema. Tan sólo reconocer eso, ya sería un gran paso hacia adelante, pues implicaría salir de la mentalidad de la praxis, que desgraciadamente es la mentalidad dominante, muy a menudo en perjuicio del Concilio, y sobre todo de la Iglesia. La verdadera crisis no es nada más que la crisis de la Iglesia como misterio. El nudo teológico principal se puede reconducir a la pérdida del concepto metafísico de participación en el misterio-Iglesia. Y entonces se reduce la teología a antropología. De hecho, la teología estaba acuñando ya desde hace tiempo un nuevo lenguaje, dejando a un lado el lenguaje metafísico-escolástico y sustituyéndolo con uno más moderno que ha desembocado –con las consecuencias que podemos observar hoy– en la adopción de una filosofía existencialista y fenoménica.

El reconocimiento inaudito de las tendencias homófilas como “derechos”

Los puntos que siguen nos enseñan el increíble desplazamiento de la atención a elementos ajenos a la fe y la doctrina también en la sucesiva proposición, que se ha mantenido –a pesar de los votos contrarios– a partir de factores marginales respecto al núcleo del asunto y que se definen “existenciales”. Se ha llegado hasta el punto de sacar a colación, en un segundo momento, a los “países pobres” y las presiones de organismos internacionales (¡!).

Sin embargo, la Iglesia no es una escuela de psicología y sociología: estas disciplinas no deben ser ignoradas, y sin embargo no se puede subestimar el hecho de que –en cuanto ciencias humanas– son sólo ancilas de la teología, si es que ésta todavía tiene importancia.

La tarea y la función de la Iglesia, pues, es la de afirmar y enseñar. Ella no tiene por qué recriminar ni debe ser acondicionada por presiones de ningún tipo ni detenerse sobre elementos secundarios; tampoco puede tomarnos el pelo con los “no obstante” y sus consecuencias. Esta es una forma de rodear los obstáculos haciendo entrar por la ventana lo que se había hecho salir por la puerta. Se sacan a colación obviedades como el respeto y la delicadeza, que la Iglesia de la Misericordia –la verdadera, no la Iglesia desvinculada de la Verdad y la Justicia– nunca ha puesto en discusión. Sin embargo existe también el riesgo –no improbable, si se observan los precedentes– de que la marca de injusta discriminación3 desemboque al final en el reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales. De hecho, ¿qué sentido tiene mencionarlo aquí? Además, el documento citado es muy claro y explicita la diferencia entre el respeto de la persona y el disfrazar detrás de él un uso instrumental e ideológico de la tolerancia del mal, que sin embargo es algo muy diferente de su aprobación o legalización. Hubiera sido mucho mejor partir de este punto y no de la pastoral existencialista, que permite rodear los principios inalienables con el riesgo de que se considere luego ese documento superado al igual que la Familiaris consortio, a la que hubiera sido oportuno hacer referencia en lugar de recurrir a otras fuentes. Cito:
La atención pastoral por las personas con orientación homosexual
55. Algunas familias viven la experiencia de tener en su seno personas con orientación homosexual. Al respecto, la Asamblea se interrogó sobre qué atención pastoral es oportuna frente a esta situación, refiriéndose a lo que enseña la Iglesia: «No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia». No obstante, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto y delicadeza. «Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, 4).4
56. Es del todo inaceptable que los Pastores de la Iglesia sufran presiones en esta materia y que los organismos internacionales condicionen las ayudas financieras a los países pobres a la introducción de leyes que instituyan el “matrimonio” entre personas del mismo sexo.
Es legítimo ahora preguntarse qué pasó con el famoso informe secreto redactado por los “tres cardenales 007”, recibido por Benedicto XVI y entregado por él a su sucesor, que revelaba al Pontífice la impropriam influentiam (sucio chantaje) que se teje entre las pandillas homosexuales de la Curia y sus relaciones exteriores.
Sin embargo, como hemos recordado, el asunto debe ser todavía desarrollado del todo. El mero hecho de que se hagan entrar en el debate elementos que por sí mismos no son dignos de ser tomados en cuenta, justifica temores y perplejidades. Y nadie puede bajar la guardia, sobre todo los pastores, aun los que no estén involucrados directamente en la sesión sinodal [leer].

Una pregunta fundamental a la que hay que contestar

Pero debemos ponernos una pregunta todavía más fundamental, que conlleva otras: ¿un sínodo de obispos se puede considerar competente para juzgar asuntos que se refieren a aspectos doctrinales no modificables por su propia naturaleza? Pues esos aspectos doctrinales han sido establecidos por la disciplina vigente que se ha desarrollado durante siglos y con intervenciones del magisterio supremo de la Iglesia o bien –como en el caso del matrimonio sacramental– derivan de un mandamiento divino. Y entonces, en estos casos ¿puede la Iglesia actuar ex abrupto de manera disconforme a su Tradición? ¿Acaso puede ella modificar la ley natural, el respeto por la naturaleza de la Eucaristía o un mandamiento divino? Aunque es siempre el Papa el que tiene la última palabra y es siempre él el que la debe pronunciar, ¿por qué razón él insiste en hacer entrar en el debate precisamente estas cuestiones?

Notas finales sobre la infalibilidad del Papa

Con respecto a la declaración final del Papa a conclusión de los trabajos conciliares, no sólo es erróneo atribuir infalibilidad a TODAS las palabras y todos los actos del Pontífice, sino también atribuírsela a los resultados del próximo Sínodo, cualesquiera que sean ellos.

La doctrina de la Iglesia enseña que cuando el Papa –solo o en unión con los obispos– habla ex cathedra, es ciertamente infalible.

Sin embargo, para que se pueda considerar una declaración suya ex cathedra, se necesitan algunos requisitos:
  1. debe hablar en cualidad de Papa y pastor de la Iglesia universal;
  2. la materia debe atañer a la fe o a la moral;
  3. el juicio pronunciado debe ser solemne y definitivo, con la intención de vincular a todos los fieles.
Si tan sólo una de estas condiciones falta, el Magisterio pontificio (o conciliar) no deja de ser auténtico, pero no es infalible. Eso no implica necesariamente que sea erróneo, sino simplemente que no está inmune al error: por tanto puede ser falible.

Además, no se debe olvidar que las declaraciones ex cathedra de tipo definitorio son dogmas y que sus fuentes son la Escritura y la Tradición: una declaración supuestamente dogmática, basada en fuentes diferentes o ex abrupto (o sea totalmente innovadora) sería un falso dogma.

Otro límite para la infalibilidad del Papa ex cathedra: la Pastor Aeternus asevera que las declaraciones ex cathedra no pueden ser anuladas ni modificadas, en ningún caso. Por tanto, no se puede aceptar declaraciones dogmáticas (eso es, definitorias) o paradogmáticas (definitivas) si contradicen verdades definitorias o definitivas preexistentes: el principio de no-contradicción se mantiene válido. Esta distinción implica que quienes no adhieren a las primeras son herejes; quienes no adhieren a las segundas yerran gravemente pero no son herejes.

Y desde luego, la infalibilidad del Papa no es “temporal” o vinculada a los tiempos.

Nadie podrá obligarnos a adherir a la proclamación de innovaciones que contradicen el Depositum fidei católico.

El poder del Papa no es absoluto, sino que está vinculado también a las definiciones dogmáticas de sus antecesores y, en definitiva, al Depositum fidei, que no es algo opcional; no nos encierra en una jaula, porque contiene realidades vivas y no “museísticas”; no engaña, porque no prescinde de la Verdad, que precede siempre la Caridad.
Maria Guarini
10.12.2014
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1. Observando el contexto del que brota el documento nos podemos explicar la eliminación de los Franciscanos de la Inmaculada y la “deportación” de Padre Serafino Lanzetta, uno de los estudiosos más válidos y respetuosos, que no reniega el concilio pero no hace malabarismos para demonstrar una continuidad inexistente, y que tiene ideas claras y documentadas sobre las fuentes originales [aquí, en el mismo contexto del que se ha tomado la intervención de Monseñor Gherardini: el Convenio de 2010 sobre el Vaticano II; aquí, más recientemente] acerca de los notos temas controvertidos.

2. Fue Marco Tosatti [aquí] quien acuñó el término. Y ahora hace falta una clarificación. La remoción del Cardenal Burke, uno de los opositores más autoritativos contra los puntos levantados por el Cardenal Kasper, ya había sido decidida antes del sínodo, pero ha sido aplazada para que él pudiera participar en la primera ronda; sin embargo, no podrá participar en la segunda fase y resulta que se le ha removido precisamente de la Signatura apostólica, que es la responsable última en materia de nulidad matrimonial.

3. Cabe preguntarse la razón de tamaña atención a la posible marca de discriminación hacia los homosexuales y los que viven en situación de pecado –aunque la Iglesia siempre ha juzgado el error y nunca a la persona– y de la persistente marca de desprecio, que se convierte en persecución discriminatoria hacia los que aman la tradición, dirigida tanto a las personas (pastores y fieles) como a sus exigencias espirituales. Por cierto, desde el 1 de octubre pasado la Basílica papal de Santa María la Mayor ha sido definitivamente cerrada para la última Santa Misa Antiquior que se celebraba ahí a las 7:30 de la mañana...

4. A este respecto el Cardenal Burke ha declarado: Rehúso hablar de personas homosexuales, porque a nadie se le puede identificar por esta tendencia. Se trata de personas que tienen una tendencia, que también es un sufrimiento. [aquí]

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